Fragmentos III


- ¿Lo has visto? Llora todo el tiempo. Dicen que ya le están saliendo las primeras algas debajo de las pestañas y que los peces empiezan a mirarlo con intención de hacer llegar sus cardúmenes. Por otro lado cuentan que los ojos se le han tornado casi completamente azules y que ya han pensado instalar un faro cerca de él, de no ser posible sobre su cabeza. Seguramente no es agua dulce la que llora, claro, de otra manera ya lo hubieran comprado. El motivo germinal de su llanto no se conoce y, según se pronostica, va a continuar. De intentar ir a calmarlo te recomendaría llevar botas e impermeable.


~ Alhué Mora ~


- Algunas personas se vuelven tristes cuando son aún terriblemente jóvenes. Sin motivo especial, parece. Casi como si hubieran nacido así. Se lastiman más fácilmente, se cansan más pronto, lloran más, y recuerdan más. Y, como digo, se vuelven tristes antes que nadie en el mundo. Lo sé, pues soy uno de ellos. -

"El vino del estío" - Ray Bradbury

¿Que harías si te persigue un asesino?
Escalando los muros. Cuando la letra y la música se juntan a la perfección.
Radiohead!




"- Hoy te contaré de un hombre y cómo falleció su amada esposa -empezó a narrar el extraño, al cabo de uno de esos silencios mientras sus manos temblaban una dentro de otra-. Era otoño y él sabía que su mujer moriría. Los médicos lo habían diagnosticado. Sin embargo, bien podían haberse equivocado, pero ella, la mujer, lo había dicho mucho antes que los médicos y ella no se equivocaba.
- ¿Quería morir? -inquirió Gita, porque el extraño había hecho una pausa.
- Sí, Gita, quiso morir. Anhelaba otra cosa distinta a vivir. Se sentía rodeada de demasiada gente, deseaba estar sola. Sí, eso quería. Cuando era una niña no estaba sola como tú, y cuando se casó, supo que estaba sola. Quería estar sola y no saberlo.
-  ¿No era bueno su marido?
- Era bueno, Gita, pues la amaba y ella lo amaba también. No obstante, no tenían contacto entre ambos. ¡Las personas están tan terriblemente lejos unas de otras!, y aquellas que se aman a menudo están más lejos aún. Se arrojan mutuamente lo suyo y no lo toman; entonces yace entre ellos, se amontona y llega un momento en que les impide verse y tender el uno al otro. Pero yo quería contarte de la mujer que murió. Ella murió. Ocurrió una mañana; el hombre que no dormía estaba sentado a su lado y presenció su muerte. Se incorporó súbitamente y alzó la cabeza; la vida pareció reflejarse en su rostro, se juntó en él y se insinuó en sus facciones como un millar de flores. La muerte se presentó entonces, la arrancó de un manotazo, la arrancó como de un lecho de barro blando y dejó su rostro desnudo, alargado y anguloso. Sus ojos que quedaron abiertos, volvían a abrirse cuando se los cerraba, como valvas de una ostra muerta. Y el hombre que no podía soportar ver abiertos esos ojos que ya no veían, salió al jardín en busca de dos pimpollos de rosa tardíos, muy apretados, y los colocó sobre los párpados. Los ojos permanecieron cerrados, el hombre se sentó y miró largo rato el rostro inanimado.
Cuanto más lo miraba, más precisa era su sensación de que en el borde de sus rasgos aún venían a romperse ligeras olas de vida que luego se retiraban lentamente. Recordaba confusamente haber visto esa vida en su rostro, en una hora muy hermosa y supo que ésa era su vida más sagrada, aquella de la cual no había sido confidente. La muerte no le había arrebatado esa vida. Se había dejado engañar por lo mucho que había aparecido en sus rasgos; eso es lo que se llevó simultáneamente con el suave contorno de su perfil. Pero la otra vida estaba aún en ella; por un fugaz instante había fluido hasta los labios inertes y luego había vuelto a retraerse, se deslizó calladamente hacia el interior y fue a juntarse en algún recóndito rincón de su roto corazón.
El hombre que había amado a esa mujer, que la había amado desesperadamente como ella a él, ese hombre experimentó un indecible deseo de poseer esa vida que había escapado a la muerte. No era el único que podía recibirla, el heredero de sus flores y sus libros y los delicados vestidos que no dejaban de exhalar el aroma de su cuerpo. Pero no sabía cómo retener ese calor que se escapaba de sus mejillas inexorablemente. ¿Cómo tomarlo, en qué recipiente recogerlo? Buscó la mano de la muerta, vacía y abierta como la cáscara de una fruta desgranada, yacente sobre la colcha. El frío de esa mano era parejo y mudo y daba la sensación de una cosa expuesta al rocío de la noche y luego secada y enfriada por el viento de la mañana. De pronto, algo comenzó a moverse en el rostro de la muerta. El hombre se puso tenso y miró. Todo estaba quieto, pero de improviso el pimpollo de rosa que yacía en el ojo izquierdo se estremeció y el hombre observó que la rosa depositada sobre el ojo derecho también había aumentado de tamaño y seguía creciendo. El rostro se había habituado a la muerte, pero las rosas se abrían como ojos que miraban hacia otra vida. Y cuando se avecinaba el crepúsculo, el crepúsculo de ese día de silencio, el hombre acercó a la ventana con mano trémula dos grandes rosas rojas.
En ellas, oscilantes por su gravidez, llevaba su vida, la plenitud de su vida que tampoco él había poseído jamás."


"El sepulturero" (fragmento) - Rainer Maria Rilke